Dos versiones

¿Qué pasa si cambiamos de lugar algunas palabras en un cuento? Tal vez, algo como esto…

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Versión 1

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro colegio un día de lluvia y apenas pisó el patio, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo maestro —dijo. Los chicos nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la biblioteca y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un capitán que emprende un viaje con un montón de marineros y pierde el rumbo. Por fin llegan a un muelle  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la cubierta de un barco!

 

Versión 2

El señor Morgan tiene tres cualidades que lo vuelven especial: es tremendamente alto, tiene un bigote fino y ondulado y (lo más importante) puede hacerte vivir la mejor aventura de tu vida.

No es broma. Yo mismo desconfié el primer día que lo vi. Llegó a nuestro barco un día de lluvia y apenas pisó el muelle, todos nos volvimos a mirarlo. No era para menos, su altura casi tocaba el punto más alto del mástil. Está bien: puede que esté exagerando un poco, pero el caso es que altísimo, como ningún otro hombre que yo haya visto jamás.

Recuerdo, cuando se presentó, su bigote enrulado moviéndose con el viento:

—Soy el nuevo capitán —dijo. Los marineros nos quedamos todos en silencio, seguramente preocupados por el futuro que nos esperaba con un hombre así.

Pues bien, nos equivocamos. ¡Y mucho, nos equivocamos! Porque el señor Morgan, con su altura desproporcionada y su bigote raro, terminó siendo lo mejor que nos podría haber pasado. Nos reunió en la cubierta y sacó un cuaderno azul. Y así, como si nada, leyó la historia más inquietante que escuché en mi vida: un maestro que emprende un viaje con un montón de chicos y pierde el rumbo. Por fin llegan a un patio  donde encuentran un misterioso cuaderno azul. Un cuaderno azul, igual al que el señor Morgan tenía entre sus manos.

No me di cuenta enseguida de lo que pasaba. Lo primero que noté fue la vestimenta de mis compañeros, parecían personajes salidos de aquel cuento. Y lo más inquietante, el escenario a nuestro alrededor: ¡Estábamos en la biblioteca de un colegio!

 

¡Dinosaurio a la vista! (una nueva aventura de la bruja Serena)

boceto serena bruja

                                                  http://marianomartinportfolio.blogspot.com.ar/

 

Está bien: me hizo el mejor regalo de cumpleaños. Yo no voy discutir eso. Y también reconozco que tener una amiga bruja tiene un montón de otras ventajas y no aburrirte nunca es una de ellas.  Por ejemplo, no importa si se cortó la luz:

—¡Saracasam! —Y la Play sigue funcionando.

Si querés salir a jugar a la pelota y no para de llover:

—¡Saracasam!—Y tu jardín se transforma en un estadio cubierto.

Si no hay nada para ver en la tele, si ya te leíste todos los libros de la biblioteca y no tenés ganas de jugar a ningún juego de mesa:

—¡Saracasam! ¡Saracasam! ¡Saracasam! —Serena te transporta a un estudio de televisión, te mete adentro de un libro policial y convierte el living de tu casa en un enorme tablero de ajedrez.

¡Ah, sí: tener una amiga bruja a veces puede ser genial!

Pero solo a veces.

Porque también tenés de los otros días. De esos en los que te decís a vos mismo:

—Decime, Fausto: ¿quién te mandó a sentarte con Serena el primer día de clases?

Bueno, en rigor la que me mandó a sentarme con Serena el primer día de clases fue la señorita Laura. Pero antes del primer recreo, ya éramos mejores amigos y de eso solo fuimos responsables Serena y yo. ¿Cómo iba a imaginarme que un tiempo después se iba a convertir en una bruja hecha y derecha, de esas que pueden volar por la estratósfera con una auténtica escoba de bruja y hacerte aparecer en plena escuela un gato con un cangrejo jugando al tejo adentro de un espejo? (Ah sí, los hechizos de Serena, para que funcionen, tienen que rimar).

El caso es que, sin duda, el martes anterior a mi cumpleaños fue uno de esos días difíciles. De esos en los que ser amigo de Serena se vuelve más riesgoso que hacer un recorrido de turismo aventura. ¡Y no exagero!

Porque Serena será una amiga increíble, la más fantástica rimadora que la poesía haya conocido jamás, la bruja más divertida de todo Francisco Álvarez, pero tiene las ideas más aterradoras del planeta. Y algo todavía peor: la magia para hacerlas realidad.

A ver: a mí me gustan los dinosaurios, claro. ¿A qué chico no le gustan los dinosaurios? Además, soy un experto indiscutido en el tema. Por ejemplo, sé que el iguanadón se alimentaba de arbustos y árboles pequeños. Que el staurikosaurus corría sobre sus patas traseras y usaba la boca como un látigo para atrapar a sus presas. Que los saurópodos tenían el cuello tan largo que la comida les llegaba al estómago 30 segundos después de que la tragaran.

Y sé también lo más importante del asunto: de los carnívoros tenés que desconfiar. ¿Pero de qué te sirve toda la sabiduría del mundo si tenés una amiga que, además de bruja, es cabeza dura? Ni te molestes en discutir con Serena: no importa lo que le digas, siempre hace lo que ella quiere. Sigue leyendo

Golpe de suerte

 

Un billete de Navidad le hacía cosquillas en el bolsillo. Se sentía feliz. Feliz por haberlo conseguido con su propio esfuerzo (cortar enredaderas y sacar yuyos, tender la cama, poner y levantar la mesa, dejar la ropa sucia en el lavadero y los zapatos guardados en el placard).

—¡Pero Joaquín! Gastar tus ahorros en un billete de lotería es tirar la plata! —le advirtió su mamá antes de que saliera a comprarlo.

—¡Si siempre me decís que hay que ganarse la lotería para comprar lo que yo quiero!

—Para que no pidas más de lo que tenés.  Uno tiene que aceptar el destino que le tocó.

—¿Y no vale salir a buscarlo?

¿Cómo iba a decirle que no? Después de todo, eran sus ahorros. Así que la madre lo dejó comprar ese billete, sin saber que efectivamente aquello les cambiaría la vida. Sigue leyendo

De pesca

¿Cómo iba a imaginarme, con lo enojado que estaba? ¿Vos sabés lo que es pasarte tres horas frente al muelle, esperando el momento justo? Porque tenés que estar atento al movimiento de las olas, a la dirección del viento, al peso de la plomada y a tu propia inclinación antes de lanzar el anzuelo al agua.

Y todo lo había conseguido yo, en uno de esos lanzamientos que –como mínimo— iba a dejarme pescar un pejerrey. Pero no, tenía que aparecer ella con su voz de pito y sus aires de nena caprichosa. Que los derechos de los peces y lo atroz de la pesca deportiva y que blablabla.

–¡Salí de ahí, querés! –le grité—O le aviso al guardacosta que pasate la baya. ¿No ves que no está permitido nadar en esta zona?

Ella me sacó la lengua. Y un segundo después, me quedé duro: lo último que vi fue su enorme coletazo de sirena que me salpicó con la furia de un tsunami.

La cacerolita mágica (versión de un cuento popular checo)

Ilustración de María Delia Lozupone (http://delicionesdelius.blogspot.com.ar/)

Dorina vivía con su madre en una región lejana (de esas que no figuran en los mapas), bajo un techo de paja y entre paredes de adobe. Al fondo de su casa había un corral, que estaba siempre alborotado por las gallinas. La niña cada mañana recogía los huevos y atravesaba el bosque para venderlos en una aldea cercana.

Una tarde, cansada ya de andar, se detuvo a mitad de camino bajo la sombra de un árbol. Del bolsillo de su delantal, sacó un trozo de pan duro. Antes de dar el primer mordisco vio, escondida entre las ramas,  a una vieja mujer que la observaba.

Vestía como una vagabunda y era muy delgada. Tenía las manos huesudas, la piel muy fina y el rostro arrugado como un carozo. Dorina le ofreció su pan:

–Puede comerlo, si quiere.

La mujer se acercó y tomó lo que la niña le ofrecía, con las manos temblorosas. Y comió con desesperación. Antes de irse, le dio a Dorina un obsequio: una cacerolita tiznada por el fuego, con las asas gastadas y un poco abollada en el borde superior.

–Cuando llegues a tu casa –le explicó la mujer–, coloca la cacerolita en una superficie firme y, en voz alta, exclama:

Por la bondad de Dorina

cacerolita, cocina.

Que nunca falte en la mesa

 un buen guiso de lentejas.

 La cacerolita, entonces, cocinará para ti. Y solo se detendrá cuando le digas:

Cacerolita, detente

 Que ya hay guiso suficiente Sigue leyendo

Bicho de campo

nocheestrellada

 

La seño sabe un montón, yo no digo que no. Con las fracciones, por ejemplo, es una capa. Y es un diccionario ambulante, además: palabra que le preguntás, te da la definición.

De lo que no sabe mucho es del campo. Pero bueno, no todos tienen la suerte que tengo yo. O sea, a la tía Esther para mostrarte cómo son en realidad las cosas. Porque la tía Esther vive en el campo. Y es toda una aventura visitarla. Sobre todo cuando llueve: hay que ver cómo te embarrás.

A veces mi tía viene a Buenos Aires. Un poco porque le gusta ir al teatro y salir a comer afuera y recorrer museos y hacer todas esas cosas que no puede hacer en el campo; y otro poco porque mi mamá es un bicho de ciudad. Como le gusta estar arreglada y anda siempre con tacos, en el campo la pasa mal: todo el tiempo se está enterrando.

Mi tía, nada que ver con mi mamá: hasta la luz eléctrica le importa poco. Dice que con los faroles de kerosén se arregla lo más bien. Y aunque tiene un panel solar –mi papá se lo instaló de prepo para que pueda cargar el celu– rara vez tiene señal.

Eso es lo más difícil que tiene el campo. Porque a mí me gustaría hablar de vez en cuando con la tía Esther, contarle por ejemplo lo que dijo hoy la maestra. Eso de que en el campo hay tranquilidad (se ve que nunca ensilló a Compadrito) y silencio (¿pensará que los animales son mudos?); y lo más equivocado de todo: que el tiempo corre despacio. Porque nada que ver, los días se pasan recontra rápido allá. Hay millones de cosas para hacer: subirte al molino, andar a caballo, mirar a Don Piú mientras ordeña las vacas o esquila las ovejas, pescar mojarritas en la laguna, meterte en el tanque australiano, perseguir codornices y treparte a la higuera. Y lo más lindo de todo: a la noche, mirar las estrellas. Porque en el campo parece que hay más estrellas que en la ciudad.

—Es por los edificios —dice la tía Esther—: hay tantos en Buenos Aires  que ya ni siquiera  se puede ver el cielo.

A mi mamá no le gusta que pasemos la noche afuera, dice que es peligroso porque ¿qué hacemos si nos pica un alacrán? Mi tía no le da bolilla y, entre los dos sacamos los colchones. Y nos quedamos así, mirando panza arriba, ese millón de luces que hay en el cielo.

Cómo me gustaría que la seño fuera, que viera de verdad lo que es ese lugar.  Y se dé cuenta entonces de que no es aburrido como ella piensa. Porque, al contrario: a mí no hay nada en el mundo que me guste más. Es que soy bicho de campo, me parece.

 

 

¡Súper Rydhans!

Rydhans

Y mirá que a Rydhans la quiero, claro que la quiero. Después de todo, es la perra de mis abuelos y ya estaba en este mundo cuando yo nací. Además es linda: tan larga y petisa, con sus patas cortas. Y negra pero negra, así, brillante. Como si la acabaran de lustrar.

—¿De que país provienen los perros salchicha? —leyó mi prima, que estaba jugando al Preguntados en el celular.

Yo la miré a Rydhans, por supuesto. Y contesté, muy seguro:

—Argentina.

Por la música me di cuenta de que la respuesta estaba mal. Pero no tomé consciencia de la gravedad del caso hasta que mi prima me mostró la pantalla.  A ver: no me desilusioné por haber perdido, sino porque tuve que enfrentar la dolorosa verdad.

Que Rydhans es una perra especial, lo sabe todo el mundo. Primero, tiene 19 años. Segundo, se salvó del envenenador serial que mató a todos los perros de su cuadra. Además la operaron como once veces (por un tumor de mamas y no sé qué cosa en la espina dorsal) y siempre, pero siempre, sobrevivió. En fin: o es un gato disfrazado (por sus siete vidas, digo), o hay algo más. Y claro: supe  que había algo más en el Mundial 2010,  cuando jugamos contra Grecia.

Agüero tiró al arco, Milito pateó al centro, remató el Kun y Rydhans estornudó una, dos y tres veces. Tzorbas la sacó siempre. Así que cuando apareció Messi (¡Vamos, pulga, ya era hora!) no me sorprendió que se perdiera el gol: una milésima de segundo antes, Rydhans también había estornudado. Sigue leyendo

Mundos enmarcados

René Magritte, LA CONDICIÖN HUMANA, 1935.

René Magritte, LA CONDICIÖN HUMANA, 1935.

Le juro, señor Director, es así: el cuadro hablaba. Es que hay que bancarse algo así. Imagínese, no cualquiera… Porque después uno tiene que seguir con su vida y volver a creer en el mundo real. Digo, bancarse la rutina del colegio y que le vengan a explicar a uno lo que es normal y lo que no.  Se lo digo con todo respeto, señor Director, fue por el bien de nuestra relación ¿me entiende? Si el cuadro hubiera quedado ahí, habríamos ido a la biblioteca para que usted mismo pudiera constatar… Y después ¿con qué autoridad, digame…? ¿Con qué autoridad podría venir usted a hablarme de las normas de convivencia en esta escuela?

Uno necesita parámetros ¿me explico? Uno necesita saber que hay cosas imposibles, si no es como que estás en un mundo equivocado. Como que no encajás. ¿Entiende que ese cuadro me estaba volviendo loco? Sí, ya sé, hay gente que puede hacer de estas cosas algo creativo. Es que yo no soy artista, ¿no ve? Siempre se me dieron mejor los números. Es que las experiencias esotéricas no se entienden con las ciencias duras. ¡Ah, si yo tuviera facilidad para escribir o para tocar algún instrumento…! Así, claro, hubiera sido más fácil.

Mire, a mi favor le diré que seguro Elsa Bornemman vivió algo parecido. Sí, sí: la escritora, digo. Es que en Lengua leímos un cuento suyo, sobre un cuadro ¿sabe? Y entonces yo me acordé de la pintura esa del Centro Cultural Recoleta. ¿Nunca escuchó la historia? ¿Pero en serio, me dice?  Una amiga de mi tía fue la que descubrió el cuadro. Sí, de verdad ¿cómo voy a mentirle a usted con una cosa así?

Mire para mí que Elsa Bornemman, seguro,  estuvo en esa exposición. Si usted de fija en la primera página del libro, ahí donde están todos los datos de dónde se publicó y cuándo y todas esas cosas, va a ver que la primera edición fue en 1988. Y mire, yo hice los cálculos y la fecha más o menos coincide. Porque la amiga de mi tía trabajó en el Centro Cultural Recoleta cuando yo todavía no había nacido.

No, no, yo no digo que el cuento de Bornemman sea una historia real. ¿Cómo voy a saber eso? Solo que tal vez se basó en ese cuadro y a partir de ahí inventó todo lo demás. Mire: le habrá puesto más o menos adornos a la historia, porque así son los escritores, pero ese cuento de cuento no tiene nada. Está basado en un hecho real. Real, como usted y yo. Como este despacho y esta escuela. Sigue leyendo

Aviones

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No he podido encontrar la referencia de la imagen. Si la reconocés, por favor contactame para poder citar al autor/a

No cualquiera puede hacer aviones de papel: los pliegues tienen que estar perfectos y las alas deben ser exactamente iguales. Si una te salió torcida, más vale que tuerzas la otra. Si no, no vuela. Y un avión de papel que no vuela es una porquería.

Lo más importante, igual, no es el aspecto. Por ejemplo: el Pocacosa, que a primera vista me quedó tan mal, vuela diez veces mejor que El Facha, que tiene papel  dorado y alerones. No sé, hay aviones que tienen actitud y al final terminan pareciéndote relindos, aunque estén hechos con papel de diario y tengan la trompa arrugada.

Lo mismo pasa con las vecinas. Porque al principio me gustaba Ema (la del tercero). Siempre con el pelo suelto y los labios con brillito y todas esas pulseras de colores. Nada que ver con María Luz (la del cuarto), que usa aparatos y es como un obelisco, de tan alta.

Está bien: yo cometí un error de cálculo. Quería que Conquistador aterrizara en el tercero pero en cambio fue directo al balcón de María Luz. Y lo peor: ella estaba ahí, mirándome.

Me hubiera quedado escondido detrás de los geranios, de no ser porque el avión volvió. Enseguida me di cuenta: ahora Conquistador tenía alerones y había cambiado el ángulo de inclinación. ¡Esa chica sí que era una experta!

Al lado de mi pregunta (¿”Tomamos un helado?”) había escrito con lápiz, suavecito: “Sí”. Y los dos nos fuimos a la heladería. Mientras hablábamos de lanzamientos y papeles, me pareció que los aparatos le quedaban lindísimos.  Y ya no me importó su altura: gracias a los aviones, estoy acostumbrado a mirar para arriba.