Amira, la faraona

Ilustración de Tania Recio para el libro EL PERFUME DE LA FARAONA de Kyra Galván (editorial El Naranjo)

La hermosa princesa Amira camina a orillas del Nilo. Ha sido proclamada faraona y tendrá que enfrentar su destino. Atraviesa el desierto con la cabeza en alto, segura de que vencerá a sus enemigos. Sabe que son poderosos, pero no se detiene.

La hermosa princesa Amira ya es faraona. No le teme a nada, porque no hay en todo Egipto un poder más grande que el de un faraón. Lleva su túnica blanca, con finos bordados en oro y plata. Sus brazaletes tintinean. La faraona avanza.

Recuerda las palabras de su gente. Eso le da fuerzas:

—¡En ti confiamos, faraona!

—¡Protégenos!

La faraona se siente poderosa. No le teme a las plagas ni a las momias ni a las maldiciones. Y mucho menos, al malvado Ramsés.

Ve la pirámide, amenazante, frente a ella. Da un paso.

Dos.

Uno más.

Entra.

El malvado Ramsés la está esperando, con sus ojos amarillos y feroces. Amira observa en la cabeza del traidor el pañuelo a rayas, a modo de corona. Ve también el cetro y la falsa barba, que solo pueden llevar los reyes.

—Malvado Ramsés, ¡devuélveme lo que me pertenece! ¡Yo soy la faraona!

Y habría sido la batalla más memorable de toda la Historia universal, si no fuera porque del modo más inoportuno llegó su madre con la merienda:

—¿Pero qué es todo este lío, Amira? ¿Y de qué lo disfrazaste al pobre gato?

—¡Ufa, mamá! ¿No ves que estoy jugando?

Ramsés maúlla, aliviado. Y aprovecha la ocasión para salir de la pirámide que Amira improvisó con una sábana y dos sillas: mejor se va a dormir la siesta.

La faraona moja una galletita en la chocolatada. Y está bien: tiene que reponer fuerzas para la próxima batalla.

El primer viaje de Simbad (versión de un cuento de Las mil y una noches)

El primer viaje de Simbad tuvo un inicio: la ciudad de Bagdad, que comenzó a verse más y más chiquita a medida que el barco se alejaba de la orilla. Así, fueron quedando atrás las cúpulas y las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín.

Pero Simbad apenas se dio cuenta de eso. Toda su atención estaba puesta en el canasto de mimbre que había cargado con cuidado en la bodega del barco. Aquel era tu tesoro, un montón de artículos que iba a vender sin dificultad: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Pero no sucedió como esperaba. Porque llegaron a una isla que no estaba en los mapas. Tenía una forma extraña. Y mucha vegetación, aunque despareja: zonas verdísimas y otras grises y resecas.

El capitán decidió mantener distancia. Y Simbad, a nado, se acercó a explorar. Apenas pisó la isla, notó que era inestable. Al tercer paso, la tierra se elevó. Y al cuarto, volvió a bajar. Y a subir, y a bajar. ¡La tierra respiraba!

Simbad no supo qué ocurrió primero: el grito de su capitán (“¡Sal de ahí, sal de ahí!”), el sacudón que lo hizo volar por los aires o la certeza de que, definitivamente, aquello no era una isla sino una enorme ballena.

Una enorme ballena que saltó con todo su cuerpo y lo lanzó lejos, muy lejos, del barco y de sus planes.

Fue un largo naufragio. De no ser por la tabla que milagrosamente apareció a su lado, la historia habría terminado aquí. Y habría terminado mal.

Pero por suerte (y por la tabla), Simbad se mantuvo a flote. Y esta vez sí llegó a una isla de verdad. Como se elevaba por encima del mar tuvo que escalarla. Y aquel esfuerzo lo dejó muy débil.

Si no hubiera recordado las cúpulas, las torres altas, los patios con azulejos y el olor a jazmín de su querida ciudad, no habría encontrado la fuerza para levantarse. Pero recordó. Y bebió de un arroyo y comió frutas frescas.

Y un día, encontró una gruta que terminó siendo un túnel. Simbad llegó así a una ciudad pequeña con un mercado concurrido. Vio alfombras, lámparas, piedras preciosas… Y también, en un canasto de mimbre: agua de rosas, aceites de lavanda, sedas finísimas y canela en rama.

Simbad levantó la vista y reconoció en el vendedor al capitán del barco, que se alegró muchísimo al verlo.

—¡Esto te pertenece! —le dijo—. Y en cuanto termines de venderlo todo, regresamos a Bagdad.

Eso hicieron, al día siguiente. Y Simbad disfrutó tanto contando sus aventuras, que antes de desembarcar ya estaba planeando un nuevo viaje.

¡Ábrete, Sésamo! (por favor)

Alí Baba se encontraba
justo parado en la entrada
del prodigioso escondite
cuando un estruendo escuchó.
¡Cómo olvidar el berrinche,
el escándalo, el bochinche
que Ali Baba provocara
cuando su pie se quedó
prisionero de la trampa
de esa puerta milenaria
que, aunque nadie lo ordenara,
de repente se cerró!
¡De la angustia se quedara
sin memoria ni palabras!
Le salió un “abracadabra”
¡Pobre hombre!, no sirvió.
¿Cómo diablos se llamaba
la semilla esa que estaba
en la fórmula famosa?
¿No me cuentan, por favor?
¿era lino, mijo, soja?,
¿un garbanzo u otra cosa?
¡Más finito que una hoja
el pobre pie le quedó!

La lámpara más más brillosa

lampara-de-aladino

http://www.pericadibuja.blogspot.com

Nunca nadie ha detenido
en la madre la atención,
¿no recuerdan cómo ha sido
que aquel genio despertó?
Fue la madre de Aladino,
que aquel día la lustró,
pues pensó que más limpita
le hallaría comprador…
Hete aquí que al repasarla
aquel fiero efrit salió,
se expandió, malhumorado
y la pobre no lo vio…
—Soy tu esclavo ¿qué deseas?
—el gigante preguntó.
Mas la anciana no contesta,
¡está sorda!, digo yo.

y ella sigue refregando
¡y qué lustre que le dio!
No es del susto que cayera
como muerta.
¡No, no, no!
Es que estaba muy cansada
ya de tanto franelear.
Solo quiso hacer la siesta
¡qué se iba a desmayar!