El sapo que no quería ser besado

Había una vez, en una laguna medio seca, un sapo solitario. Había conocido tiempos mejores, eso es cierto. Tiempos de abundancia, cuando su laguna estaba rebosante de agua y él podía bañarse de cuerpo entero.

Ahora los días no eran tan divertidos —¡Ah, cómo extrañaba los panzazos en el agua! — pero se había acostumbrado a la rutina: cazar algún mosquito, dormir, mojar las patitas en el barro, cazar otro mosquito, dormir, y así… Hasta que apareció Ella. Ella que no era ninguna princesa de cuento, pero andaba disfrazada como una. Que pisoteaba su querida laguna con sus horribles botas de lluvia. Y que lo perseguía con verdadera insistencia.  

—¡Dale, sapito lindo! Dame un beso ¿qué te cuesta?

La verdad que al sapo le costaba un montón. ¿O hay algo más asqueroso que besar a una cría humana? Con esa boca tan chiquita, y tan repleta de dientes. ¡Puaj! Ni loco, ni por todos los mosquitos del mundo se dejaría besar.

—¡Dale, sapito lindo, déjame deshacer el hechizo! — insistía Ella sin parar.

Y él, que no entendía de cuentos ni de príncipes encantados, daba saltos cada vez más largos. Más y más largos.  

Y así pasó un molino. Y Ella, detrás.

Después, cruzó una tranquera. Y Ella, también detrás.

Y atravesó un cuadro lleno de vacas, una tranquera más, un cuadro lleno de caballos. Y ella: detrás, detrás, detrás.

Y por fin llegaron a un tanque australiano. Estaba a tope de agua: cristalina, fresca, lista para usar.

Ella no tardó ni dos segundos en revolear las botas y —¡plaf! — tirarse de un panzazo al agua (todavía con el disfraz puesto).

El sapo tardó un poquito más, porque no es fácil calcular la altura del salto cuando estás subiendo una escalera. Digamos que subía tres escalones, pero después bajaba dos. Y así tuvo que volver a empezar varias veces.

Por suerte, el sol todavía estaba alto cuando finalmente asomó su cabeza viscosa. Y ella, ¡cómo lo celebró!   

—¡Yo sabía, sapito lindo! Dale, metete al agua conmigo.

Y sí: tuvieron un final feliz. No de esos que terminan con un beso (¡puaj!), pero sí con un rato divertido y, sobre todo, súper mojado.

Y así como te lo cuento
con el sol como testigo
nadaron sapo y princesa
como dos buenos amigos.

¡Lo que medirá esa pata! (versión de un cuento popular)

——————Ilustración de Marín para la versión de Laura Devetach de editorial Colihue.

A simple vista, era un conejo cualquiera. Tenía las orejas largas y un rabo con forma de pompón. Tres bigotes a cada lado del hocico y dos dientes que, de tan larguísimos, no le entraban en la boca.

Pero a la vez era un conejo distinto. Cualquier otro se hubiera asustado cuando pasó lo que pasó. ¿Y qué fue lo que pasó? Una serie de sucesos que ocurrieron en cierto orden. Lo primero, el conejo buscó un lugar donde dormir. Lo segundo, eligió una pequeña abertura en la base de en un árbol hueco. Lo tercero, se acomodó ahí como pudo (dejando medio cuerpo afuera). Lo cuarto, se dejó acariciar por el sol que recibía desde arriba y se quedó dormido.

Entonces, entró en escena un puma. Un puma musculoso, de garras afiladas. Pero también un poco distraído: no vio la mitad del conejo que sobresalía de aquel árbol. Y, claro, como no lo vio, se le sentó encima.

El conejo se despertó, por supuesto. Pero como era un conejo distinto a cualquier otro conejo, en vez de asustarse se quedó quieto y casi sin respirar. Pensando y pensando y pensando. Hasta que se le ocurrió una idea brillante. Brillantísima.

—¿Quién se sentó sobre mi dedo? —gritó. Y su voz, que fue subiendo por el árbol hueco hasta llegar al cielo, resonó en el aire con tanta energía que cualquiera hubiera dicho que era un elefante el que gritaba.

¡Hasta el puma se sobresaltó! Y, como sentía que bajo sus patas había algo mullidito, relojeó disimuladamente. Así fue como se dio cuenta de que no estaba sentado sobre el pasto.    

—¡Me senté sobre un dedo gigantesco! —murmuró para sí mismo— ¡Lo que medirá esa pata!

Y sin esperar a comprobarlo, el puma salió disparado.

¿Y el conejo? El conejo se quedó durmiendo, arrullado por el solcito de la tarde que le daba de pleno en el hocico. 

La excavación

Comenzó la construcción
alguna tarde de enero,
pegaba fuerte el calor
en Santiago del Estero…

Tatú Carreta escarbaba
con afán su madriguera
pues no quería que nadie
de afuera, se le metiera.

Comenzó con una curva
bajó luego en espiral,
avanzó unos metros, recto
subió por la diagonal.

Hizo un túnel imposible
de tantas vueltas que daba,
se cruzaban los pasillos
que subían y bajaban.

Cuando se quiso acordar
el pobre andaba perdido
y aunque metió marcha atrás
no se acordaba el camino.

Buscó la entrada por meses
pero nunca la encontró
así que un día, cansado,
salió por donde salió.

Era agosto y hacía frío,
pasada la medianoche,
Muy lejos llegó Tatú:
¡Apareció en Bariloche!

Amigas

Si Emma tira la pelota
Croqueta corre a buscarla
Mientras juegan, y a su modo
también parece que charlan.

Si Emma come una manzana
Croqueta espera su turno:
Un trocito cada una
y se acaba en un segundo.

Si Emma está muy asustada
Croqueta se sienta al lado
la busca con el hocico
y el susto queda olvidado.

Si Emma se siente triste
Croqueta lame su cara
de golpe viene la risa
¡y aquí no ha pasado nada!

Si a Emma le agarra sueño
Croqueta se echa también
se duermen tan enredadas
que no se ve quién es quién.

Si Emma la tiene cerca
algo brilla alrededor:
Croqueta llegó a su vida
y el mundo es mucho mejor.

Como perro y gato

La primera vez pelearon
como perro y gato:
Batata ladraba
Guau Guau
Y Akiro, callado,
le mostró las garras.
Zas Zas
Los dos se miraban
fijamente
como midiendo
quién mandaba.

¿Quién mandaba?
A veces, Akiro
Miau Miau
andaba como si
la habitación
fuera un palacio
y él un gato emperador.

Pero otras veces, Batata
se rebelaba
se daba cuenta de su tamaño
de la fuerza
de sus patas
y avanzaba
Tap Tap
Y Akiro el gato emperador
se iba volviendo
pequeño
pequeñito
mínimo
minino.
(Y se escapaba)

Pero un día descubrieron
juntos
sin saber
sin querer
que se querían.
Batata movió la cola
Plas Plas
y Akiro dejó salir
Su Ron Ron
y así como si nada
como quien dice
ya es tiempo y ya era hora
empezaron a entenderse y a jugar
como perro y gato.

Amanece en la selva

El puma estira sus patas
con calma, se despereza
y tras dos tímidos pasos
por fin la carrera empieza.

Las alas del guacamayo
como si fueran crayones
van dibujando en el cielo
su vuelo de tres colores.

Hay una línea en la tierra,
un paso que se adivina:
Es la temible anaconda
que abandonó su guarida.

De rama en rama va el mono
con la cola se sujeta.
Su salto es muy divertido,
avanza dando piruetas.

Lo mira sin detenerse
un coatí muy curioso
que va trepando deprisa
a un ritmo vertiginoso.

El yacaré muy despacio
se va arrastrando a la orilla
su movimiento es tan lento
que al río le hace cosquillas.

Toma distancia asustado
pobrecito, el surubí
que moviendo sus aletas
muy pronto sale de ahí.

Y así entre pelos y plumas
con colas, patas y aletas
ya con el sol en lo alto,
la selva entera despierta.

Una idea congelada

Al principio, la idea de Nanuk no me gustó.

—¿Vender helados aquí, en el Ártico? —le dije, sacudiéndome la escarcha de las plumas. 

Y como no podía entender que no viera lo más obvio, también se lo planteé:

—¿De qué gustos? Si acá solamente hay nieve.

Ahí nomás se puso en acción. Fue un espectáculo inusual: no todos los días se ve un oso polar yendo y viniendo, oliendo todo a su paso, dejando un surco sobre el hielo. Fuimos testigos, todos. Porque todos lo vimos recolectar nieve. Clasificarla en capullos de clavel ártico (la única flor que crece por acá). Y meterse al agua para volver con un montón de algas que, después supimos, usaría para decorar.

Lo único que nadie vio fue el ingrediente secreto, que sin duda es fundamental. Porque la verdad sea dicha: su helado es espectacular. Y los gustos, riquísimos: nieve escarchada, nieve recién caída, nieve del aire, nieve del suelo, nieve ventosa, nieve granizada, nieve a punto nieve, nieve mojada, nieve congelada, súper nieve Nanuk.   

Su negocito habría continuado más, si no fuera porque yo metí el pico. No me siento orgullosa, pero las cosas no resultaron mal. Además, ¿para qué sirve una gaviota si no es para llevar mensajes de una punta otra?

Volé hasta la Antártida (al otro lado del mundo) y se lo conté a un pingüino. Y él, a una estrella de mar. Y ella, a una foca leopardo. En fin: ese mismo día me encargaron 6458 helados, así que emprendí vuelo con mi lista bajo el ala.

Cuando aterricé nuevamente en casa, Nanuk ya estaba agotado. Ojeroso, miraba la larga fila de clientes que nunca terminaba. Y claro, cuando vio mi lista colapsó.

Dio un zarpazo sobre los helados en exposición, pegó un gruñido feroz y se fue a dormir la siesta.

—¿Cuándo volvés? —le preguntó una morsa. Él rugió:

—¡Jamás!

Todos (desde el búho de las nieves hasta el zorro polar) se enojaron conmigo. Y eso sin contar a los 6458 clientes que me esperaban en la Antártida. Debía limpiar mi buen nombre y, sobre todo, volver a comerme un helado de Nanuk, así que pensé una estrategia de negocios.   

Ahora somos Nanuk y asociados. Tenemos recolectores de nieve, buscadores de algas, clasificadores, una sección de empaque y una transportista, que soy yo. Nanuk solo se levanta para añadir su ingrediente secreto, así que anda descansado y con mejor humor.

Eso que todavía no le di la noticia: nos vamos a expandir al Amazonas. Mañana me encuentro con un tucán para ver cómo resolvemos la cadena de frío. Tal vez podamos agregar nuevos gustos, como Agua descongelada o Nieve que se derritió.

Decidirá Nanuk, cuando se despierte.

Elijo creer

Mamá dice que lo de Lobo fue casualidad. Que no tuvo nada que ver el nombre: le puse así porque se parecía y punto. Cómo nos íbamos a imaginar, en medio de una ciudad y rodeados de edificios, que podía pasar lo que pasó. Ni el doctor Vera lo entiende todavía.

Cuando se lo llevamos, siendo un cachorro, lo revisó como a cualquier perro. Le escuchó el corazón, le miró los dientes, le puso una vacuna.

–Muy bien, Lobito. Estás sano –le dijo, y nosotros nos fuimos de lo más contentos para casa.

Esa misma noche empezó a aullarle a la luna. Pero eso no nos hizo sospechar, no todavía.  

–Son los genes del lobo –me explicó papá–, porque los perros descienden de los lobos ¿lo sabías?

Y no, no lo sabía. Pero lo busqué en Google y vi que papá tenía razón. El término científico es canis lupus, yel primer perro (prehistórico) vivió hace 33.000 años en Siberia. Antes de eso, todos eran lobos. Me pareció alucinante que le hubiera puesto el nombre, sin saber.

Al principio Lobo se comportaba como un perro cualquiera (salvo esa extravagancia de aullarle a la luna). Comía todo su alimento balanceado, dormía, jugaba conmigo y así todo el día. Lógicamente, enseguida empezó a crecer y tuvimos que cambiarle el almohadón donde dormía.

Tenía las patas más largas, se había vuelto cabezón y empezaba a caminar raro. 

–Parece una top model –dijo papá, que fue el que se dio cuenta de que Lobo apoyaba su pata trasera exactamente en el mismo lugar en donde antes había puesto la delantera. Era un capo del equilibrio, mi Lobito.

Pero un día se enfermó de la panza. El doctor Vera le quitó el alimento balanceado y le dijo a mi mamá que le preparara arroz, por lo menos hasta ver qué tenía. Le hizo un montón de análisis y nos mandó con muchas recomendaciones a casa.

Lobo no se puso mejor, todo lo contrario. Y tuvimos que volver a la Veterinaria.

Y entonces el doctor Vera sospechó. Primero hizo un repaso en voz alta:

–Camina erguido, le hace mal el arroz e incluso el alimento balanceado…

Después, agarró el teléfono y llamó a la doctora “Algo”. Me emocioné cuando dijo canis lupus. Me sentí importante, como parte de esa reunión de expertos veterinarios.

–Es musculoso, sí. Hocico largo, también… –dijo sin soltar el teléfono mientras acariciaba la trompa de Lobo. Después nos miró a nosotros–, ¿es sociable?

–Re –dije yo, aunque mamá movió la cabeza como diciendo “más o menos”. Porque, la verdad, solo me daba bolilla a mí.

Lo demás se lo imaginan. Mamá le dio un corte de carne (“Ni lo cocine”, le dijo el doctor Vera), y esa fue la prueba de oro. Lobo se puso rebien después de comerlo con ganas.

El día que se lo llevaron lloré toda la tarde. 

–Tenés que entender. Es un animal salvaje, tiene que estar con su manada–Y blablablá. La cuestión es que me dejaron sin Lobo.

Y ahora me quieren conformar con un pececito. Ya tuvimos mucho por este año, dice mamá. Un pececito es menos riesgo, cero stress. Una apuesta segura.

Todavía no le dije que le voy a poner Tiburón. Ni le voy a decir, por las dudas. Que se entere, en todo caso, cuando tengamos que cambiarle la pecera.    

Gira la rueda

Casi cayendo del mapa,
bien en el sur argentino
en un invierno muy blanco
nació un pichón de pingüino.

Entre las patas del padre,
para esconderse del frío,
se hace un bollito y se ubica
como si fuera su nido.

Los dos esperan, pacientes,
La llegada de mamá
que fue a buscar provisiones
a lo profundo del mar.

Y ay, qué feliz gimotea
cuando la ve regresar.
Celebran los tres contentos
el reencuentro familiar.

Comparten pequeños peces,
arenques y calamar,
y ya más fuerte el polluelo
quiere salir a explorar.

Primero da dos pasitos
y hasta se anima a bailar.
Patina también de panza
y pronto nada en el mar

Se va volviendo más grande,
más fuerte, más decidido.
Sus plumas ya lo protegen
con sus dos capas de abrigo.

Y un día, sin esperarlo
encuentra una compañera
y el ciclo vuelve a empezar
y gira otra vez la rueda.

Abuelo cuentacuentos

En el refugio del barrio
hay un perro muy viejito
que ladra cuentos variados
a todos los cachorritos.

Hoy ladró uno de aventuras
sobre una pequeña rata
que rescataba a su prima
de una banda de piratas

También un cuento de amor
de una foca y un pingüino
que adoptaban tres delfines
tras un viaje submarino.

El de terror asustaba:
En lo profundo de un río
a un pato lo visitaba
el fantasma de su tío.

Y el mejor, de detectives
de una familia de iguanas
que investigaban el crimen
de una de sus hermanas.

Y así los tuvo extasiados
A los cachorros, atentos
Yo sospecho que este perro
Es abuelo cuentacuentos.