Guerra contra zombies (2.0)

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Yo no sé cómo hacía mi papá en su época. A veces me lo cuenta y no puedo creerlo. Pelear contra los zombies desde el living de tu casa, haciendo de cuenta que están ahí aunque en realidad lo que tenés es una pantalla de televisor; mover una palanquita para pegar una patada, otra para disparar un arma y así. ¡Un aburrimiento! Como si uno pudiera imaginarse en serio tantas cosas.

Con la play 793 todo es más divertido. Porque vos te metés en serio  adentro del juego. Olvidate de tu tele; de tu living; de tu casa; de tu calle; de tu ciudad; de tu mundo, incluso. Vos te metés ahí, adentro de la pantalla y te enfrentás en serio a una legión de zombies. ¡Eso sí es un juego!

Llegás a la isla de Bonoi, con sus arenas blancas y su agua cristalina, te metés en el Royal Palm Resort y agarrate. Papá dice que en su época este juego ya existía, pero no podés comparar: ahora, si no le pegás a tiempo, el zombie te puede comer el cerebro en serio.  Pero tranquilo: cualquier amigo te rescata. Porque te morís en el mundo virtual, pero una vez que atravesás la pantalla ya no tenés heridas ni lesiones de ningún tipo. Eso sí: olvidate de volver a jugar, porque dentro de ese juego ya estás muerto y no hay vuelta atrás. La muerte no perdona, ni siquiera en el mundo virtual. Sigue leyendo

La maldición de Clarita

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La aparición de la momia lo cambió todo. Y cuando digo “todo” quiero decir todo: las medialunas de Amapola ahora son más ricas; papá empezó a escribir un libro y mamá ya no suspira; Tabaré se la pasa hablando y, lo que es todavía más raro, ¡todo el mundo lo escucha!

            Y eso sin contar que salimos como diez veces en la tele, que vinieron un montón de periodistas y el hotel Nuestra montaña pudo volver a abrir. Estrenó ventanas y se recubrió de adoquines, todas las habitaciones se pintaron y los canteros se llenaron de flores. Y ahora no lo atiende solamente don Felipe sino también los tres hijos y las tres nueras; y una hermana de Amapola y los tíos de Emanuel.

            ─Es hasta que pase la novedad ─decía al principio don Felipe─. Pero hay que aprovecharlo ¡después de tanta malaria!

            Y tenía razón, porque antes en este pueblo no pasaba nada. Alguna vez, cada tanto, un auto que llegaba con montañistas. Pero era tan “cada tanto” que al pobre Felipe tener el hotel abierto no le rendía. Sigue leyendo

Las chicas del campanario

Campanario

 

Esto ya no me gusta. Se suponía que antes de terminar el recreo íbamos a estar de vuelta y Sor Juliana no iba a sospechar nada. Subir al campanario, comer los sándwiches que robamos de la cocina, mirar qué pasa abajo, allá en la calle, y ya está. Diez minutos, máximo; pero no. La culpa es mía por hacerle caso a Susana.  Que dale, no seas miedosa y nadie se va a enterar, que total con el ruido del recreo ni se va a sentir la puerta del campanario.

Como si no conociera a Sor Juliana. Nos va a hacer escribir cien veces en letra de imprenta y doscientas en letra cursiva “No debo subir al campanario”. Y tendremos que hacer tarea extra hasta fin de año. ¿Y si nos expulsa? ¡Ay, si nos expulsa! Papá dirá que a cada rato me estoy metiendo en un lío distinto, que cómo no valoro su esfuerzo, que si yo no estoy pupila él no puede trabajar y que entonces qué comemos.

─Allá abajo pasa algo ─me dice Susana. Yo me pongo en puntas de pie y miro también por la ventana.  Las de primero están cruzando la esquina. Van con la Hermana Amelia.  Su cara parece una cáscara de nuez, de lo viejita que está.

─Es como una momia ─me dice Susana y empieza a imitarla, como siempre.

No sé por qué esta vez no me da risa.

─Ahí van las de segundo ─le aviso. Susana deja de hacer payasadas y vuelve a la ventana. Sigue leyendo

El cofre de los muertos

Algunos tesoros valen más que otros. No importa si contienen piezas de a ocho o luises de oro. No importa ni siquiera el peso: hay tesoros valiosísimos que son livianos como los fantasmas.

Esta es la historia de un tesoro así. Un tesoro que nunca busqué y que vino directo del infierno. Y todo empezó una tarde como hoy, hace veintiséis lunas, en una sucia taberna de Port Royal, donde mi tío Claude ─jugando a los dados contra el capitán Barry ─ acababa de perder  un tocino frito y tres botellas de ron. El capitán estaba ya dispuesto a irse, cuando al bueno de mi tío se le ocurrió apostarme:

─Me queda mi querido sobrino, ¡no se vaya!

Yo quedé pasmado. Hasta aquel día mi tío me había llamado alcornoque, bruto, zopenco y mentecato… ¿Pero “querido”? ¡aquello sí que era nuevo!

El capitán preguntó si sabía leer.

Mi tío, que veía aquella extravagancia mía como un problema, no contestó y en cambio le aseguró que era buen fregón y mejor cocinero.

─¿Pero sabe leer?  ─insistió el capitán.

En cuanto supo que sí, echó los dados a la mesa: en menos de una oleada me ganó en la apuesta. Zarpamos esa misma noche y, entonces sí, se inició esta historia.    Sigue leyendo

Limerick

 

 

La impostora ya está bajo la lupa

La tiene el detective, don Chalupa

Es una libélula famosa

de oruga se disfraza, la tramposa.

Y él le increpa, sabihondo: ¡no me engrupa!

 

 

 

 

Limerick

 

En un diario sensasionalista

publicó la noticia un periodista:

tiene el hombre invisible

un amor imposible

¡Ella ni siquiera lo registra!

Los pumas grises (leyenda aymara)

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En otros tiempos no había más que un valle en donde ahora se extiende el lago. Era Wiñay Marka, un lugar sin odio ni preocupaciones, donde los hombres vivían siempre felices y en paz.

Así lo había dispuesto Apu Qullana Awki, cuando creó el mundo. Les había dicho a los hombres que no pelearan, que no desearan nunca aquello que no tenían y cuidaran, en cambio, los ricos tesoros que estaban a su alcance: la tierra, los cultivos, el cielo transparente, los frondosos árboles y los animales que llenaban de color y ruido el precioso valle.

Pero Awqa se interpuso. Su maléfico espíritu tomó la voz del viento para tentar a los hombres y confundirlos:

─¿Por qué conformarse con tan poco? Si Wiñay Marka fuera tan bueno, Apu también viviría aquí.

Y los hombres le preguntaron a Apu dónde vivía. Y él les contestó que en una de las montañas más grandes del Altiplano, pero que nunca debían subir allí.

─¿No ven? ─volvió a la carga Awqa─ Si ustedes suben a la montaña pueden quitarle su poder. Y dominarán el cielo y la tierra, el aire, el viento y a todas las criaturas que habitan el universo.

Y tanto les insistió, y tanto escucharon los hombres el rumor del viento que les decía: «¡Rebélense! ¡Tomen ustedes su poder y suban a la montaña!», que Wiñay Marka dejó de ser un lugar sin odio ni preocupaciones donde ya los hombres no pudieron vivir felices y, mucho menos, en paz.

Y así, llenos de rencor, subieron; dispuestos a atacar a quien alguna vez había creado, para ellos, el universo.

Y mientras Awqa se regocijaba,  Apu Qullana Awki se llenó de pena. Y también de enojo. De tanto enojo que no tuvo piedad.

Y así vieron los hombres que subían, primero las garras afiladas. Las mandíbulas salvajes, tan hambrientas, que ya no pudieron ver después nada más. Eran unos pumas enormes, grises. Eran unos pumas capaces de arrancarles el corazón de un zarpazo. De pintar con sangre el valle de Wiñay Marka, que en otro tiempo había sido un terruño feliz.

Casi todos murieron. Los pumas parecían no saciarse jamás. Y fue tal la masacre que el Tata Inti lloró. Y el llanto se escurrió entre sus rayos y llegó a la tierra. Durante cuarenta días y cuarenta noches las lágrimas del sol limpiaron la sangre de los hombres. Tantas fueron que el valle comenzó a inundarse. Tantas que los pumas grises quedaron bajo el agua, ahogados.

Y uno de los pocos hombres que quedaban dijo: qaqa titinakawa, que significa en lengua aymara  “ahí están los pumas grises”. Y tantas veces se contó esta historia, y tantas veces se repitió qaqa titinakawa que el sonido fue cambiando…Qaqa titinaka… titinaka qaqa.. Titicaca.

Y así es como encontró su nombre el lago.

El misterio de la gruta (leyenda aymara)

 

De camino a Guañacagua hay una gruta que está llena de sapos. Tienen los ojos tristes y el canto asustado. Y aunque nunca están quietos,  una cadena invisible parece sujetarlos a un pozo de agua dulce que está cerca de allí.

Aunque nadie sabe por qué, los varones no se acercan al pozo. Son, en cambio, las mujeres las que buscan agua y evitan ver los ojos de los sapos que, presos de la gruta, las miran fijamente como pidiendo socorro. Tristes, muy tristes miran esos ojos a todas las mujeres que se acercan al pozo.

Hay quien dice que aquellos no son sapos. Que hace mucho tiempo, cuando todavía era posible hablar con las estrellas, a la vera de la gruta vivía todo un pueblo.  Un pueblo con sus cultivos y sus rebaños; sus viviendas de adobe y sus preciosos patios. Un pueblo que el buen Waira acunaba con sus vientos cálidos y la Pachamama abrazaba como a hijos propios.

Cuentan también que eso fue antes de que un agua cristalina bajara por la vertiente de la montaña. Fue antes de que se estancara en el pozo maldito que antecede a la gruta. Por qué ha bajado el agua, nadie sabe. Tal vez los habitantes de aquel pueblo ofendieron a los dioses: ni las estrellas quisieron explicarles la razón del castigo.

Porque fue un castigo, aquel pozo. Un castigo que se fue llevando, uno a uno, a los varones más jóvenes del pueblo. Que dejó a los ancianos y a las mujeres solas, lamentando la pérdida de esposos, amantes, amigos, hijos valerosos.  Un castigo que derrumbó aquel pueblo antiguo, del que ya no queda siquiera un recuerdo de su sombra. Sigue leyendo

Mi tweet por la identidad