Elijo creer

Mamá dice que lo de Lobo fue casualidad. Que no tuvo nada que ver el nombre: le puse así porque se parecía y punto. Cómo nos íbamos a imaginar, en medio de una ciudad y rodeados de edificios, que podía pasar lo que pasó. Ni el doctor Vera lo entiende todavía.

Cuando se lo llevamos, siendo un cachorro, lo revisó como a cualquier perro. Le escuchó el corazón, le miró los dientes, le puso una vacuna.

–Muy bien, Lobito. Estás sano –le dijo, y nosotros nos fuimos de lo más contentos para casa.

Esa misma noche empezó a aullarle a la luna. Pero eso no nos hizo sospechar, no todavía.  

–Son los genes del lobo –me explicó papá–, porque los perros descienden de los lobos ¿lo sabías?

Y no, no lo sabía. Pero lo busqué en Google y vi que papá tenía razón. El término científico es canis lupus, yel primer perro (prehistórico) vivió hace 33.000 años en Siberia. Antes de eso, todos eran lobos. Me pareció alucinante que le hubiera puesto el nombre, sin saber.

Al principio Lobo se comportaba como un perro cualquiera (salvo esa extravagancia de aullarle a la luna). Comía todo su alimento balanceado, dormía, jugaba conmigo y así todo el día. Lógicamente, enseguida empezó a crecer y tuvimos que cambiarle el almohadón donde dormía.

Tenía las patas más largas, se había vuelto cabezón y empezaba a caminar raro. 

–Parece una top model –dijo papá, que fue el que se dio cuenta de que Lobo apoyaba su pata trasera exactamente en el mismo lugar en donde antes había puesto la delantera. Era un capo del equilibrio, mi Lobito.

Pero un día se enfermó de la panza. El doctor Vera le quitó el alimento balanceado y le dijo a mi mamá que le preparara arroz, por lo menos hasta ver qué tenía. Le hizo un montón de análisis y nos mandó con muchas recomendaciones a casa.

Lobo no se puso mejor, todo lo contrario. Y tuvimos que volver a la Veterinaria.

Y entonces el doctor Vera sospechó. Primero hizo un repaso en voz alta:

–Camina erguido, le hace mal el arroz e incluso el alimento balanceado…

Después, agarró el teléfono y llamó a la doctora “Algo”. Me emocioné cuando dijo canis lupus. Me sentí importante, como parte de esa reunión de expertos veterinarios.

–Es musculoso, sí. Hocico largo, también… –dijo sin soltar el teléfono mientras acariciaba la trompa de Lobo. Después nos miró a nosotros–, ¿es sociable?

–Re –dije yo, aunque mamá movió la cabeza como diciendo “más o menos”. Porque, la verdad, solo me daba bolilla a mí.

Lo demás se lo imaginan. Mamá le dio un corte de carne (“Ni lo cocine”, le dijo el doctor Vera), y esa fue la prueba de oro. Lobo se puso rebien después de comerlo con ganas.

El día que se lo llevaron lloré toda la tarde. 

–Tenés que entender. Es un animal salvaje, tiene que estar con su manada–Y blablablá. La cuestión es que me dejaron sin Lobo.

Y ahora me quieren conformar con un pececito. Ya tuvimos mucho por este año, dice mamá. Un pececito es menos riesgo, cero stress. Una apuesta segura.

Todavía no le dije que le voy a poner Tiburón. Ni le voy a decir, por las dudas. Que se entere, en todo caso, cuando tengamos que cambiarle la pecera.    

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