
Merlín es un exagerado (eso no lo vamos a negar) pero la verdad es que estamos donde queremos estar. Si vivimos en este lugar es porque estamos bajo su protección, y no somos desagradecidas. Está bien: la historia no es exactamente así como él la cuenta. ¿Pero a nosotras qué nos importa?
Lo primero que hay que aclarar (más allá de lo que digan todos) es que Merlín no tiene un don extraordinario. Él dice que habla con las hormigas, y eso es verdad. Porque hablar, nos habla. “Traigan esas hojitas”, dice. Y nosotras, como entendemos y somos obedientes, le llevamos lo que nos pide. O sea: somos nosotras las del don extraordinario. Nosotras, que lo entendemos a él.
Merlín, en cambio, no sabe ni una palabra de hormigonés. Incluso creo que ni siquiera nos escucha. Porque (antes de venir para Camelot) le pedimos de mil maneras diferentes que nos dejara en paz, que por favor dejara de observarnos. Y él seguía, como si nada. Todo el día tirado panza abajo, mirando lo que hacíamos o dejábamos de hacer. Incluso en esa época nos puso un nombre a cada una. Yo soy Diecisiete y mi mejor amiga (que en paz descanse) se llamaba Dieciséis.
A veces nos cambiábamos de lugar, para confundirlo. Y él, aunque no nos sacaba la vista de encima, ni siquiera se daba cuenta. Después iba y le decía a todo el mundo que nos conocía más que nadie. ¡Ja, él quisiera!
Otra de las pavadas que cuenta es que nosotras le revelamos la ubicación de Camelot. Que lo trajimos directo para acá. ¡Como si hubiera sido nuestra intención! En realidad, quisimos escaparnos (de verdad era muy molesto que nos estuviera observando todo el tiempo) pero estaba tan obsesionado con nosotras, que nos siguió.
A los pocos días detuvimos la marcha y empezamos a construir nuestro hormiguero bajo tierra. Entonces, se volvió loco.
–¿Dónde se metieron? –gritaba desde arriba y ¡zas, zas, zas! nos fue bombardeando a espadazos. Con su jueguito de la espada no solo perdimos a Dieciséis (que en paz descanse), yo me despedí de media antena y Diecisiete se quedó sobre tres patas. De alguna forma había que pararlo. Así que la Reina nos ordenó. Hay que ver lo fortísimas que somos al trabajar en equipo. Nos agarramos de las patitas y formamos una red que aprisionó la punta de la espada.
Sentíamos cómo Merlín la tironeaba para arriba, pero no estábamos dispuestas a ceder. El hombre era un peligro con esa espada en mano, mejor que se quedara enterrada.
Enseguida empezó a desfilar un montón de gente. Claro: Merlín les había prometido que quien pudiera desenterrar la Excalibur (así le puso a la espada) sería Rey de una Nación. Nosotras aguantamos lo que pudimos. Tampoco nos íbamos a quedar eternamente así, sujetando la espada hasta el fin de nuestros días. Así que cuando llegó un tal Arturo, que nos cayó simpatiquísimo, soltamos la Excalibur y nos fuimos a buscar un nuevo hogar.
El hogar fue Camelot, y Merlín (que no puede hacer nada sin nosotras) decidió que era la Nación ideal para cumplir su promesa. No salió mal. El Rey Arturo mandó a construir un castillo justo encima de nuestro hormiguero. Y la mejor parte es que tenemos acceso directo a las cocinas del reino. A sus terrones de azúcar, sus tarros de miel, sus panes recién horneados.
Como contamos con la protección del Gran Mago Merlín (el Consejero del Rey) al cocinero no le queda más remedio que soportarnos. Así que estamos a mano: que Merlín cuente su historia como quiera, mientras nos deje seguir viviendo aquí, en nuestro Camelot-Paraíso.
Que genia!!! Precioso cuento❤️
❤