—Me parece inconcebible
que aceptemos mansamente
que se vaya el ruiseñor…
Toda China se ha quedado
sin su canto de repente:
¡Lo raptó el emperador!
—Es injusto, pero vean
que la empresa es imposible.
¡Pobrecito del cantor!
En la jaula lo han metido
y, aunque sea aborrecible,
ya no habrá una solución…
—El que intente rescatarlo
perdería la cabeza,
¿quién se anima a tal empresa
por un simple ruiseñor?
—Yo lo haré, si me permiten…
—¿Quién es este aventurado?
—Un borracho o un chiflado…
—No, señor, soy escritor…
—Y perdone si pregunto
¿dejó listo el testamento?
¿Con sus lindas escrituras
vencerá al emperador?
—No con eso, por supuesto,
aunque sí fue por mi pluma
que al cantor lo han encerrado
sin piedad ni compasión.
—¿Fue el autor de ese librito
que leyera el muy tirano
sobre el canto majestuoso
del divino ruiseñor?
¿Del librito que contaba
como octava maravilla
la entrañable melodía
que salía de su voz?
—Soy yo mismo, ciertamente.
—Pues merece que lo maten…
—Sí, señor, dejen que vaya…
—¡Que se muera el escritor!
—No, tranquilos, compañeros,
No soy yo tan inconsciente.
No es preciso que me vaya
¡desde aquí lo salvo yo!
—¡Ya sabía que era un loco!
—¡Pero un loco incompetente!
—¡Por favor, dejen que hable
de una vez este escritor!
—¿Si enviamos al palacio
otra cosa que reemplace
esa voz maravillosa
del precioso ruiseñor…?
¿Otra ave extraordinaria
toda hecha de diamantes
que repita las canciones
con el ritmo de un reloj…?
—Sí, señor, maravilloso.
—Ciertamente interesante.
—¿No será un poco costoso?
—¿De botones no es mejor?
—¿Si pagamos todos juntos?
—¡No cubrimos medio ojo!
—¡Terminó siendo un Quijote!
—¡Soñador, el escritor!
—Pero, no, mis compañeros,
¿yo no he dicho que he creado
el librito aquel que hablara
del raptado ruiseñor?
¡Pues muy bien, ya lo he vendido
por tres mil quinientos reinos
y ya ha sido traducido
al inglés y al mandarín!
¡No me afligen los diamantes!
Yo los pago, se lo debo
a aquel pobre que han raptado
por los versos que escribí!
