Otra versión más

Muchos años atrás, en un lugar tan lejano que no figura en los mapas, dos hermanitos entraron en un bosque. Hansel, el mayor, fue tirando miguitas para poder regresar a casa. Pero (¡ay!) los pajaritos se comieron el rastro.

—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Gretel, la hermana menor.

—Caminamos —contestó él —. Es la única forma de llegar a algún lado.

Y llegaron: era una casa con paredes de pan, techo de biscocho y ventanas de puro azúcar. Y aunque el primer impulso de Gretel fue correr a probarla, Hansel la detuvo:

—¡No! Esto huele a trampa de bruja.

Y efectivamente, apareció una bruja. Se quiso hacer pasar por una tierna anciana, pero le salió mal: tenía una nariz grande como una berenjena, y una verruga peluda en la barbilla. Un vestido negro y haraposo, medias rayadas, botitas puntiagudas. Para más pistas: en la cabeza, un sombrero largo en forma de cono que tapaba parte de su cabellera desgreñada.

Hansel (cosa rara en aquellos años) era un gran lector. Le bastó una sola mirada para reconocer a la bruja malvada de todos los cuentos.

—Seguime la corriente —le dijo a Gretel, en voz baja. 

Cuando la bruja los invitó a entrar para comer las distintas partes de la casa, el niño se negó rotundamente:

—Pan y biscocho sin dulce de leche, no queremos.

—¿Dulce de leche? —preguntó la bruja, que no recordaba este ingrediente en su recetario de postres mágicos.

—¿Nunca lo probó? ¿Quiere que preparemos?

La bruja pensó que era una buena forma de atraerlos a su cocina, así que aceptó.

—Entremos a casa—dijo con su sonrisa llena de dientes putrefactos.

—¿Con este día de sol? —contestó Hansel, tratando de no respirar su mal aliento— ¡Mejor traiga el caldero afuera! Tenemos todo lo necesario acá: podemos ordeñar aquella vaca. Y el azúcar, sacarlo de la ventana.

Aunque la bruja insistió, Hansel no se dejó convencer. Un rato después, los tres estaban afuera, revolviendo por turnos la mezcla del caldero:

—¿Solo leche y azúcar? —preguntó la bruja.

—¡Nada más!

—¿Y falta mucho?

—¡Puff, el secreto está en mezclar! Cambiará el color y la consistencia. Pero quédese tranquila, que le aviso apenas esté listo.

Las horas fueron pasando y ellos seguían revolviendo sin parar. La mezcla se puso marrón clarito y, después, marrón oscuro. El cucharón empezó a trabarse cuando el menjunje estuvo espeso.

—¡Uyyy! —exclamó Hansel—, parece que se nos fue la mano. No nos va a servir para untar el pan.

—¡Hagamos caramelos! —propuso Gretel, no porque adivinara el plan de su hermano, sino porque le encantaban los caramelos masticables.

—¡Marchen unos riquísimos caramelos! —dictaminó su hermano, y empezó a hacer unas bolitas que repartió equitativamente.

Hansel y Gretel comieron sin ningún problema: tenían una excelente higiene dental. Pero la bruja… ¡Ay, pobre, la bruja! Los dientes se le pegotearon tanto que no pudo pronunciar un solo hechizo sin errores. Los chicos aprovecharon su confusión para huir hacia el bosque, y así llegaron al río y vieron al pato…

¡El resto de la historia siguió como te la contaron!