Otro de pulgarcita

A pesar de que La manzana de Blancanieves y otros cuentos enrimados ya está dando vueltas por ahí en una hermosa edición de Pequeña Aldea, yo sigo jugando con los cuentos tradicionales. Aquí va una nueva versión de Pulgarcita, inédita pero fresquita.
Aprovecho para contarles que el martes 26 y el sábado 30 en el stand 143 de la 21 Feria del libro infantil y juvenil estaré firmando ejemplares (de Guerreros y de la Manzana) a las 15 horas . Como yapa: un ratito antes (a las 14.30) en el mismo stand, la cuentacuentos Verónica Alvarez Rivera  recitará algunos de mis poemas. Ni yo me creo todo esto, ¡exploto de felicidad!

La ilustración es de Perica, del libro de mi autoría LA MANZANA DE BLANCANIEVES (pequeña Aldea)

Había una vez una niña
más pequeña que una nuez
que una noche fue raptada
por un sapo con acné.
Intentó, pues, escaparse
muchas veces (yo lo sé)
pero, pobre, no podía
engañar al bicho aquel.
Menos mal que hubo unos peces
muy veloces, que en tropel
rescataron a la niña
y le dieron de comer
Intentó un pez inocente
darle nueces pero ¿ven?
¡Son más grandes que la niña!
El menú no pudo ser.
Muy veloz, un pez pudiente
le sirvió caviar francés
y comió tanto la niña
¡que engordó como una nuez!

Peligro mayor

Ilustración de Mar Villar ( http:// mar-villar.blogspot.com)..

             Dos o tres gaviotas sobrevolando. Ni una nube en el cielo. El agua traslúcida, a babor. El agua traslúcida, a estribor. Ni una brisa que amenace la paz del barco. Las velas, firmes. Los mástiles, lustrados. La bandera (negra, brillante, aterradora), un poco alicaída, es verdad, pero ya flameará.

             Él es Gervasio Casibravo, el más intrépido de los corsarios. El dueño del océano y del mundo (¡y más!): a nada teme; nunca descansa. Solo de vez en cuando para soñar con la princesa Agustina, la que algún día ─seguro─ le dará bolilla. 

            Y ahora se dispone a otear el horizonte para hallar nueva presa. O por lo menos para pasar el rato en esta tarde aburrida. Agarra el catalejo, se sube al mirador y espera.  

            Una aleta circula alrededor del barco. Primero lentamente. Moderadamente aprisa después, para prepararlo. El capitán se lame los labios: el peligro acecha.  Entonces el mar, por fin, entra en escena. Plof, sobre la popa y él salta desde el mirador para salvar la pólvora de los cañones. Plof, sobre la proa. Y corre, veloz, a sujetar la vela que acaba de caerse en el océano.

            Pero da un mal paso. Siente la sal del mar metiéndose por sus poros y el cálido aliento del tiburón que abre su mandíbula para devorarlo. Y el capitán (¡Oh, valiente capitán!) fiero corsario, audaz y temerario, levanta su espada contra la marea, dispuesto a luchar hasta el final, en nombre de su preciosa Agustina.

             ─¡Qué raro vos navegando! ─le dice la maestra─ ¡Te faltan por lo menos diez palabras, Gervasio!

            Él mira su cuaderno y la lista prolijamente anotada: gaviotas- nube- brisa- bandera- pólvora- tiburón. La señorita vuelve a dictarle, resignada, todas las palabras que le faltan. Y Gervasio anota. Con la letra redondita y clara, sin perderse esta vez.   

           El fiero capitán Gervasio Casibravo, el más intrépido de los corsarios, audaz y temerario, ha olvidado por completo al tiburón para enfrentarse a un peligro más urgente. Si no aprueba el dictado, definitivamente la preciosa Agustina (que lo mira desde el tercer banco) jamás le dará bolilla.

Una mascota de primera

A Hilario lo encontré en el baldío cuando entré a buscar la pelota. Nunca había visto uno en la vida real. Mil veces en el Animal Planet, claro.

La piel era medio rara, entre amarilla y verde. Parecía una pulsera de esas tejidas que hace mi prima Sol. Movió primero una pata. Después otra. Me miró un rato largo. Fijo, muy fijo a los ojos. Yo me quedé como estatua un rato, porque con estos bichos hay que tener cuidado: les encanta la carne.

Hasta que vi la pelota. Lo demás sucedió en un segundo: él avanzó, yo me agaché, abrió su boca enorme y le tiré la pelota. ¡Qué atajada! La dejó caer y la empujó hacia mí, igual que Fido cuando quiere que le arroje el hueso. La tiré otra vez. Entonces fue cuando le puse el nombre, por Hilario Navarro que es el mejor arquero que existe en el planeta Tierra.

La verdad, me costó un poco convencer a mamá para que nos lo quedáramos. Pero tuvo que reconocer que es un arquero fenomenal, por más lagarto que sea. Además a Fido le cayó bien y no nos costó trabajo volverlo vegetariano. Porque no importa lo que digan en el Animal Planet: el único peligro con Hilario es que pinche la pelota. Si no fuera por eso, segurísimo ya estaría jugando en un equipo de Primera.

¡Y nació!

La manzana de Blancanieves (y otros cuentos enrimados) llegó justito para la Feria del libro, va a estar en el stand 424 (pabellón azul). Acá abajo les dejo el número 18, con la correspondiente ilustración de Perica. ¡Ojalá les guste!

18. El genio malhumorado

¿Cómo creen que alguien puede

con tremenda contractura?

¿O es que ustedes han dormido

con mis diez metros de altura

dentro de una botellita

y doblados de cintura?

¡Y después no me comprenden

cuando estoy de mal humor!

¡Hay que estar aquí encerrado

por dos siglos con calor,

encogido y transpirado,

sin ningún ventilador!

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Prefacio que no saldrá en el libro de Pequeña Aldea

Este era el prefacio que inicialmente abriría el libro La manzana de Blancanives y otros cuentos enrimados, que está saliendo del horno en estos días…Por esa cosa nostálgica que me da a veces con los textos que se quedan a mitad de camino (probablemente no lo valgan, y por eso se quedan a mitad de camino) decidí publicarlo aquí y de paso contarles en qué ando. La imagen es de Silvia Jacoboni, Perica, que fue quien ilustró maravillosamente las 86 páginas del libro:

─Dime cuál, espejito

es la historia más bella.

¿No es verdad que la rima

que mi letra refleja?

─Mis perdones, Alteza

mas disiento de usted:

No es su pluma la dueña

de estos lindos poemas… Sigue leyendo

¡Tan triste, tan agobiado!

Desde Inglaterra vinieron

mis viejos antepasados

todos pintados de rojo

y unos ribetes dorados.

De hierro bueno y pesado,

plantados en las esquinas,

vivieron bien y felices

¡tan útiles y mimados! Sigue leyendo

Leyenda guaraní de la yerba mate

Se dice que antes de que Yací bajara, los hombres estaban tan ocupados en sus propios quehaceres que apenas se miraban o conversaban un poco. Yací era inmensa, refulgente, poderosa. Era magia y luz. Porque Yací era la luna, y plantada sobre el firmamento, alumbraba cada noche las copas de los árboles y los caminos, pintaba de color plata el curso de los ríos y revelaba los sonidos, que sigilosos y aterrorizantes, se escondían en la penumbra de la selva. Una mañana Yací bajó a la tierra, acompañada por la nube Araí. Convertidas en muchachas, caminaron por los senderos apartados de la aldea, entre el laberinto de sauces, lapachos, cedros y palmeras. Y entonces, de improviso, se presentó un yaguareté. La mirada tranquila y desafiante. El paso lento y decidido. Las zarpas listas para ser clavadas y las fauces dispuestas a atacar. Pero una flecha atravesó como la luz el corazón de la bestia. Yací y Araí no acababan de entender lo sucedido cuando vieron a un viejo cazador que desde el otro extremo de la selva las saludaba con un gesto amistoso. El hombre dio media vuelta y se retiró en silencio. Aquella noche, mientras dormía en su hamaca bajo la luz de la luna, el viejo cazador tuvo un sueño revelador. Volvió a ver el yaguareté agazapado y la fragilidad de las dos jóveness que había salvado aquella tarde, que esta vez le hablaron: ─Somos Yací y Araí, y queremos recompensarte por lo que has hecho. Mañana cuando despiertes encontrarás en la puerta de tu casa una planta nueva. Su nombre es Caá, y tiene la propiedad de acercar los corazones de los hombres. Para ello, debes tostar y moler sus hojas. Prepara una infusión y compártela con tu gente: es el premio por la amistad que demostraste esta tarde a dos desconocidas. En efecto, a la mañana siguiente el hombre halló la planta y siguió las instrucciones que en sueños se le habían dado. Colocó la infusión en una calabaza hueca y con una caña fina probó la bebida. Y la compartió. Aquel día los hombres, entre mate y mate, conocieron las horas compartidas y nunca más quisieron volver a estar solos.

Picaflor (Leyenda guaraní)

 

Ilustración de Ariel Ribeiro: https://www.facebook.com/ArielRibeiro

Ilustración de Ariel Ribeiro: https://www.facebook.com/ArielRibeiro

Cuentan los ancianos que el gran Tupá es justo y bueno cuando justa y buena es la intención de los hombres. Y la intención de Potí y Guanumby fue la más noble que existe en este mundo: amarse siempre y mucho, más allá del cielo y de la tierra, del tiempo y de la muerte, de la vida y de la humanidad.

Eran sus familias de tribus enemigas y hacía tanto tiempo que se odiaban que ya nadie conocía la razón. Cuentan que Potí era bella. Bella como el alba en primavera. Bella como el viento del atardecer que arrastra las hojas en otoño y alivia a los hombres del verano. Bella como el sol que acaricia los rostros y alumbra la sombra del invierno. A Guanumby no le costó enamorarse, y muy pronto Potí también lo amó.

Una y diez mil veces se encontraron más allá del monte blanco, bajo el sauce criollo, sin que nadie los viera. Pero un día la hermana de Potí sospechó. Sigilosa, la siguió hasta el monte y descubrió el secreto. Y enseguida se lo confió a su padre.

Al día siguiente, como siempre, Guanumby cruzó el monte blanco y esperó bajo el sauce. Pero Potí no llegó.  Desesperado, se acercó a la aldea, a riesgo de que lo mataran. Y encontró a Potí discutiendo fervorosamente con el cacique de su tribu:

─¡Jamás lo permitiré! ─le gritaba él.

─¡Estoy enamorada de Guanumby! ¡Debes entenderlo, padre!

─¡Nunca! Por la mañana te casarás con uno de los nuestros, y esa es mi última palabra.

Entonces Guanumby salió de su escondite. Como si hubieran podido ensayarlo una y diez mil veces gritaron al unísono, ante el horror del cacique:

─¡Oh, gran Tupá, no lo permitas!

Cuentan los ancianos que jamás se vio en la tierra otro prodigio igual. De pronto Potí y Guanumby vieron sus propios cuerpos, extrañados, como si ya no les pertenecieran. Potí se deshizo en un tallo pequeño pero firme y su piel se fue volviendo suave como un terciopelo: era una flor, una flor bellísima como ella misma lo había sido antes de que el gran Tupá la transformara.

Guanumby, al mismo tiempo, se volvió ligero como el aire: dos alas diminutas, casi transparentes y veloces lo mantuvieron en vuelo y, desesperado por encontrar a Potí, se alejó torpemente del lugar. Desde entonces la busca. Huele cada flor de cada monte de cada de cada aldea. Besa con su pico las corolas más bellas con la secreta esperanza de encontrarla. Cuentan que unos hombres lo vieron y quedaron extasiados por el color de sus plumas y la rapidez de sus movimientos.

─Picaflor ─lo nombraron, porque una y diez mil veces lo vieron escarbando con su pico el interior de las flores, ignorantes de que Guanumby solo busca los besos de su amada.

Cirilo va al acuario

─¡Cirilo, vamos al acuario! ─le cuenta su papá. Y Cirilo corre a preparar su mochila. Mete el libro de vampiros (¡porque le encanta su libro de vampiros!) y 4 caramelos de frutilla.

─¿Te ayudo? ─le pregunta su mamá, todavía en camisón, desde la puerta de su cuarto. Y Cirilo la mira serio, muy serio, antes de decir bajito:

─¿Por qué no estás vestida?

─Ema está muy movediza, el doctor quiere que me quede en casa ─le contesta su mamá, tocándose la panza que cada día está más grandota.

─Mejor no quiero tener una hermanita ─le dice Cirilo antes de salir corriendo con su libro de vampiros y los 4 caramelos en la mochila: su papá ya puso el auto en marcha.

En el acuario ve muchos peces: hay uno parecido a Nemo; y otro rayado como una cebra; pero el que más le gusta tiene bigotes, como su papá.

─¡Mirá, Cirilo, toda una familia de tortugas!  

Y Cirilo las ve bracear. Especialmente a las tortuguitas que van detrás. Una pasa por debajo de la otra. Mueven las  patas despacito y el agua sube y baja, divertida.

─¡Están jugando! ─grita Cirilo, y su papá sonríe.

Cuando llegan a casa, Cirilo corre a abrazar a su mamá:

─¡Quiero que nazca Ema, para llevarla al acuario!

─¡Seguro, muy pronto iremos los 4! ─le dice su mamá. Y Cirilo se queda pensando en si a Ema le gustarán los libros de vampiros.

Carey: La eterna fugitiva

En la región más austral del planeta, allí donde las nieves son eternas y las aguas gélidas, Carey vio venir desde el horizonte una enorme embarcación que avanzaba con la velocidad de una foca, resquebrajando la fina capa de hielo que en verano cubría el océano. Vio bajar de esa embarcación a un hombre joven, cubierto con pieles coloridas, y Carey pensó que era un cazador: la única criatura que conocía con tan vivos colores era el arcoíris, y se imaginó a aquel hombre, solo, despellejando sus  tonos como si se tratase de un simple guanaco. Sigue leyendo